miércoles, 30 de noviembre de 2011

Castellet de Calp, Desurbanización, Parte 1


Después de una de las primeras borrascas otoñales que nos ha tenido varios días soportando un fuerte temporal de mar, hoy ha amanecido un bonito y apacible día otoño, con un sol suave muy agradable. Para un castellano como yo, acostumbrado a tener muy olvidado ya el calor del sol a las alturas de año que nos encontramos, finales de noviembre, no puedo por menos sorprenderme y agradecer este benévolo clima mediterráneo subtropical, que permite disfrutar de dos primaveras al año. Animado pues por el clima, hoy es el día que he escogido para visitar por primera vez el Castellet de Calpe. Aunque llevamos ya casi un año viviendo por aquí, todavía no había sentido el impulso de descubrir este rincón.
Este clima permite que la naturaleza nos brinde el florecimiento de herbáceas dos veces al año. Fragancias primaverales a las que no estoy acostumbrado en los albores del mes de diciembre.

Aparentemente no cabría esperar nada del otro mundo en esta simple actividad. Apenas 10 min desde el coche, se tarda en coronar este pequeño, aunque  excepcionalmente situado promontorio.  Es precisamente por su situación y su morfología geológica, lo que lo convierte en un lugar especial.

Vista (SE), Punta Toix, Calpe y Peñón Ifach
  
El caso es que animado por esta calma llegada después de la tempestad  me lo tomo con una especial calma, tardando mucho más tiempo en recorrer el camino, recreándome a cada paso de este pequeño reducto de naturaleza. Un vergel rodeado de carreteras, rascacielos y urbanizaciones, en el que me abstraigo, y me trasporto a un mundo distinto, donde el hombre no sometiera a la naturaleza hasta límites insoportables.
Se trata de una atalaya, en forma de cordal longitudinal con orientación este-oeste, que proviene linealmente de las agujas del desfiladero de Mascarat y que se encuentra a medio camino entre éstas y la faja cimera de la sierra de Toix. Es un capricho de la naturaleza, que ha permitido que esta pequeña cresta se mantenga en pie. En realidad es una arista, que se precipita verticalmente hacia ambas vertientes, norte y sur. En su extremo más occidental (O) la arista se va reduciendo, y muestra su lado más agresivo, estrechándose hasta que se convierte en un cuchillar de bloques colgantes y aéreos que se precipitan verticalmente hasta el barranco unos 120m más abajo.

Vista al Oeste, Punta de Mascarat y el cuchillar delante, Bernia al fondo.

Arriba se encuentra un efímero vestigio de lo que en tiempos hubo de ser un castillete de vigilancia y control dado su localización especialmente estratégica. Es lógico pensar que en la antigüedad este punto tuvo que tener una grandísima importancia logística.




Del Castellet, apenas queda en pie este famélico muro; Punta de Toix a la derecha.
Siempre me han atraído especialmente este tipo de lugares. Desde aquí se puede divisar perfectamente una amplia franja del litoral de la Costa Blanca. Mirando a poniente se encuentra rápidamente Altea y se alcanza a ver perfectamente Benidorm y más allá y hacia levante toda la bahía de Calpe, hacia el sur el sugerente panorama del mare nostrum y hacia el norte se encuentran sierras de Olta y la imponente sierra de Bernia.

Es este cadalso me sumo en ensoñaciones imposibles, intento imaginar cómo sería el panorama hace apenas un par de décadas. Intento mirar con una mirada de ojos blandos, desenfocados, procurando no captar ni fijar la vista, para no dar cabida en mi mente al horror antrópico que se extiende a mis pies. Miro sin querer mirar para no aceptar lo inevitable.
Pero evidentemente mis intentos son solo destellos, pequeños lapsus idílicos en los que me transporto a otra época; pues inevitablemente no puedo negar la vigilia, la lucidez mental, la noción del tiempo y época en la que vivo. Y continúo observando, aceptando y resignándome a la realidad...

Y me asaltan  preguntas, de esas que como siempre, no tienen una respuesta  asequible.

Me pregunto ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿Cómo el ser humano va a poder seguir  creciendo y desarrollándose como especie?, y es que en un lugar así, un mínimo oasis de naturaleza, con una panorámica tan amplia, una persona puede contemplar desde arriba, separado, con perspectiva, la incalificable e innombrable obra del hombre. En un lugar así en el que no queda ni un solo metro de litoral sin alterar en una franja de cien kilómetros, es obligado hacerse algunas preguntas. Está claro que este lugar ya ha sido aniquilado, conquistado, transformado al cien por cien. Aquí el crecimiento es imposible, ha alcanzado el máximo posible.

Y cuál es el enfoque que se le puede dar, que enfoque puedo darle a mis acciones para aportar o intentar mejorar algo en un lugar que esta irremediablemente destruido.

Por supuesto que lo principal que hay hacer es todo el esfuerzo posible para evitar que este nivel de agresión, llegue a suceder en todas partes. Hay que intentar por todos los medios que al menos los pequeños reductos que queden sin explotar,  se mantengan lo más inalterados posible…pero que nos queda a los que no nos resignamos a tener que aceptar que todo tenga que estar urbanizado por que sí.
¿Por que todo lugar que al hombre se le antoje, siempre tenga que acabar sometido y explotado hasta su máximo?. ¿Por que hay que aceptar que las cosas que se han hecho mal, tengan que permanecer así para siempre?...

Como ya he dicho, no soy natural de estas tierras, soy castellano, del centro, de la capital del reino, de esa espantosa macro polis humana que es la más grande de este increíblemente variado y maravilloso país.
Soy un gran amante de mi país, si, no me avergüenza decirlo. Aunque por desgracia me tenga que abergonzar algunas veces. Por ejemplo cuando pienso que nos hemos cargado en España el 80% del litoral que tenemos, que por cierto es de los mayores del mundo en proporcion al pais en sí.
Pero me encata esta tierra, pese a todo, y no lo digo desde la arrogancia ni la prepotencia. Lo digo desde el conocimiento bastante amplio que tengo de él.
Y lo digo sabedor de que el mundo en su totalidad es una maravilla de la creación, y sabedor de que en cada rincón de este planeta se encuentran lugares, animales y creaciones maravillosas.

Pero no entiendo muy bien la fiebre contemporánea que invade a los hombres. Hoy en día la tendencia es la de viajar, viajar, viajar... cuanto más remoto y lejano sea el confín mejor. Ansia de conocer muchos países, abarcar grandes distancias, grandes tours, grandes travesías…

Creo que entre los de defectos del ser humano más acentuado esta la megalomanía. Ese afán por las grandes cosas, grandes conquistas, grandes retos, grande hazañas. Todo a lo grande.
No sé si será para suplir con ello su inevitable sentimiento de ser minúsculo, de nimiedad, de microbio, de ser increíblemente pequeño que es, comparado con la inmensidad del cosmos.

Yo por el contrario siempre he tenido la sensación de querer conocer bien mi entorno, de reconocer todos los rincones y matices del lugar donde me encontrara en cada momento.
Siempre me ha gustado viajar, pero pocas veces he tenido la necesidad o impulso de salir de mi querida península ibérica. Siempre he considerado importante y necesario en mi vida conocer bien la zona en la que me hallara, y no adentrarme en descubrir nuevos lugares hasta que tuviera bien trillados los que tenía a medias. Y por ello es porque aún no me ha llegado el momento ni la necesidad de intentar abarcar más campo del que puedo. Decía el refrán que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y que verdad es, como casi siempre lo son los refranes.

¿Cómo puede creer o pensar la gente que conoce un país, por el hecho de haber hecho un viaje de un mes?,; Pongamos por ejemplo un país como India; si yo llevo 20 años viajando por este pequeño trocito de tierra que es España y aun no puedo decir que lo conozco en su totalidad.

El caso es que siempre me ha gustado aportar algo al lugar donde me encuentrara. Soy persona que no tiene esa necesidad tan extendida y común que tiene la mayoría de la gente, de sentirse súper identificada y súper enraizada a su lugar de nacimiento. Por supuesto que mi tierra es la más querida para mí, pero desde un punto de vista de libertad de espíritu. No necesito esa sensación de identificación absoluta con mis raíces. Creo que eso son miedos, sentimientos cobardes de temor a lo nuevo, a lo desconocido, que tiene la mayoría de la gente. Por el contrario siempre he buscado integrarme,  sentirme parte del lugar donde estuviera, y hacer este lugar un poco mío, y luchar por su conservación y cuidado, apreciarlo y conocerlo para poder valorarlo en su justa medida…y muchas veces igual o más incluso que los que se llaman hijos de esa tierra, aunque luego solo lo hagan de cara a la galería, no siendo conscientes del significado profundo de sus palabras, que solo las emiten por costumbre e impulsados por un ego atávico provocado por la necesidad de pertenencia y posesión que tienen la mayoría de las personas.  Creo que para apreciar un lugar y poder ayudar a cuidarlo hay que conocerlo profundamente. Cuantas veces he podido constatar que personas nativas de un lugar determinado, no conocían plenamente las características, las peculiaridades y a veces los tesoros que tenían al alcance de su mano, en una tierra que no dudan en denominar como “suya”....





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